El final del viaje.
Han pasado ya 5 años desde que en 2007 nos uniéramos al Comandante Shepard y su tripulación. Cinco años desde que una misión que debía ser de rutina, en la colonia de Eden Prime, cambiara para siempre no solo a Shepard, sino a toda la galaxia y. qué duda cabe, a nosotros. Cinco años de aventuras en la galaxia, siempre luchando por vencer a un enemigo que se intuía pero no se veía... hasta este año. Hasta la llegada de la guerra a la Tierra.
Mucho se ha hablado del cambio de orientación de Mass Effect 3 con respecto a sus antecesores, cambio que - al menos personalmente - no he visto por ningún lado. Si bien si es cierto que se han añadido modos más "casuales" o debería decir orientados a la acción, como el selector de modos o el cooperativo, la esencia sigue ahí. "Mass Effect 3" supone la culminación de una larga misión que ha llevado a Shepard hasta donde ningún hombre ha llegado jamás - si me permitís usar la frase que Gene Rodenberry hiciera famosa en "Star Trek", serie de la que por supuesto tanto bebe esta saga - que ha hecho que nos encariñáramos con seres de mil mundos y odiáramos a otro tanto.
¿Qué podemos decir de Mass Effect 3? Ya se ha hablado mucho de sus virtudes y carencias, tanto técnicas como argumentales. Se ha generado una polémica sin precedentes por su final ambiguo, que ha llevado a Bioware a tomar cartas en el asunto (a saber cuales). Pero esta vez os hablaré de lo que "Mass Effect 3" ha significado para mi.
Empece la aventura final de Shepard con desconfianza por los supuestos cambios y la supuesta nueva orientación más cercana a Marcus Phoenix que a Liara T'Soni. Por suerte, esta desconfianza se diluyó en cuanto me vi de nuevo en la Normandy. Jamas una nave con un diseño tan "predecible" me ha parecido al mismo tiempo tan exquisita. Aquellos encargados de diseñar las naves de este juego merecen sin duda un aumento.
En cuanto al argumento, lo obviaré, ya que no quiero hacer spoilers y, sinceramente, no lo necesito para lo que quiero comentar. Lo importante es el camino. Cada segundo, cada viaje, cada misión. Cada frase que compartimos con compañeros de aventura, con el mas insignificante habitante o pasajero mientras paseamos por el Presidium en la Ciudadela (que tanto recuerda a otra famosa estación espacial como fue Babylon 5) nos hacia sentir más que este viaje era nuestro. No solo manejábamos a un personaje, sino que estábamos ahí, y daríamos lo que fuera por despertar mañana en una litera de la Normandy y descubrir que se siente al atravesar un relé de masa.
Cada segundo valió la pena y sí, quizás a un grupo de jugadores (entre los que me incluyo, para bien o para mal) no está contenta con el final - aunque respeto la obra de Bioware y no creo adecuado que se cambie (es como si cambiáramos finales de obras maestras a nuestro antojo: ¿no nos gusta el final de Guerra y Paz? ¡Lo cambiamos!) - pero creo que la gente ha perdido el concepto de este juego. De esta saga.
Lo importante de la saga Mass Effect no es el final, no es si conseguimos vencer al enemigo, no es si sacamos uno o varios finales, lo importante, lo que hace que Mass Effect sea distinto es que el final da lo mismo... mientras hayamos sentido, disfrutado, reído, llorado, luchado, durante el camino.
Lo importante es el viaje, el viaje de toda una galaxia, contemplar como dilemas éticos y morales que aun no son nuestros - no hay duda que pronto lo serán - llevan a todas las razas de una galaxia a la guerra. Cada paso que dimos controlando a Shepard, cada frase que hemos dicho o escuchado... eso es lo importante.
Y lo demás ya dará igual, porque una vez viajas con estos seres, imaginarios, extraterrestres, sintéticos y orgánicos, una vez has luchado con ellos o contra ellos, una vez los has amado, el final no te importa. Porque ya no habrá final y para siempre estarán contigo.
Gracias Bioware por darnos tanto por tan poco.



